¿Y si te digo que te quiero?

No se me hace difícil escribirlo. Pensarlo. Pronunciarlo fingiendo que estás frente a mí. Imaginar que sonríes, porque claro, tu sonrisa es tan inmaculadamente linda que me estremezco. Pero, en el mundo real, no te digo mucho, casi nada. Me quedo callado cuando estamos juntos y me limito la mayor parte del tiempo a escuchar las conversaciones. Nos veo ahí, sentados uno al lado del otro y sé que existes y, al pensarlo, sé también que existo yo. Lo siento. Existimos en esos momentos y sonrío. Eso me basta. Ojo, no me conformo, pero qué bueno cuando mis expectativas se anulan y surge de pronto lo imprevisto. Cuando tus brazos penden de mi cuello sin razón. Claro, yo me quedo congelado, casi petrificado, literalmente, porque no quiero malograr el momento.
Es tonto, lo sé.

En mi mente tú tampoco dices nada, pero qué importa eso si me abrazas y me acercas hacia ti. Entonces, a solas (aunque simulando que estás ahí conmigo), se me antoja pensar que en tus ojos negros, en tu mirada, es ahí donde está la respuesta; donde lo entiendo todo sin entender nada. Juego a que nos queremos en nuestro silencio, de forma, no sé si única, pero sí distinta. Y en ese juego se me van los días, mientras espero verte a la semana siguiente. Mientras me voy quedando dormido. A veces pasa que por las noches pienso tanto en ti que quizás mi inconsciencia me permite soñar contigo un segundo. Si pudiera controlar los sueños, soñaría dándote un beso en los labios. Sin apuros. Si pudiera dejar de lado el miedo que tengo de tomar riesgos, te daría un beso de verdad. No uno apasionado, pero sí uno suave y lento.

Sé que este miedo viene de mis experiencias más recientes, las que no pueden borrarse ni por casualidad y que resisten firmes el paso del tiempo. Esas que quedan son las que guardo instintivamente porque, mal que bien, esas huellas me pertenecen. Ahí están: en palabras simples, en lugares cotidianos, en sonidos insignificantes y hasta en mis propios gestos. Existen conforme las recuerde, y las recuerdo siempre. Están en mis manos, en mi piel. Yo soy esas huellas. Sin embargo, no significa que viva pendiente del pasado ni que vea en ti la mejor forma de reavivarlo. Significa que, a pesar de todo, sigo siendo yo.

Podría ser entonces que este miedo no sea tal cosa, que tan solo sea yo arrastrando por el camino el reflejo de mis huellas. Que sea yo justificando los motivos de mi soledad. Entiendo que es así, que he vivido mucho tiempo de esta manera. Entiendo que no me he dado la oportunidad de ser mejor de lo que he sido hasta ahora.

Pienso en mí. En lo que siento, en lo que soy. Pienso en ti. En lo que siento contigo. En lo que soy a tu lado, y me doy cuenta de que no hay más miedo de arriesgarme. Ya no.
Si lo puedo pensar, imaginar y escribir ¿qué me impide poder decirlo?

Estoy listo. Porque lo sé y lo siento. Pase lo que pase. Déjame decirte entonces, mirándote a los ojos y sacando de la caja de zapatos mi mejor sonrisa que…

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