Yo confieso

HopperEscribía creyendo que algún día iba a llegar a ser escritor. Escribía sin parar, apenas descansaba. Cuando no escribía leía. Leía mucho. Veía las cosas desde otra perspectiva, no una mejor, sino una distinta. El amor ya no me quitaba el sueño. La gente que se enamora se olvida de lo primordial, de lo más elemental: todo se acaba. Así tiene que ser. La muerte de las cosas es un asunto natural. Cuando nos dimos cuenta de ello tuvimos miedo e inventamos algo divino. La vida no podía terminar de esa forma, tenía que haber algo más, algo con qué soñar. Inventamos a un ser todopoderoso. Él podía hacer caminar a los inválidos, curar a los leprosos, resucitar a los muertos. En él pusimos nuestra esperanza.

Nos daba pavor no encontrarle explicación a los sucesos más extraños y a cada cosa le poníamos un nombre, y de tanto pensar encontramos el mejor de todos: Dios. Todo se explicaba bajo su sombra. Nos volvimos fieles creyentes. Los más avezados y rebeldes se levantaban contra él, pero ni bien surgía el más pequeño problema recurrían a su manto sagrado. Gateaban a sus pies como infantes. Cuando las cosas se calmaban desenfundaban las espadas nuevamente. Nos convertimos en seres estancados. No podíamos hacer nada si no nos encomendábamos. Si nos ocurría algo bueno le dábamos gracias; por el contrario, si las cosas no salían como esperábamos repetíamos la misma frase trillada, y es que dios tenía un plan para cada uno de nosotros. Nos contentábamos con tan poca cosa. Los que decían ser no creyentes simplemente lanzaban críticas y puñales bajo su resentimiento y su cólera. Nadie nos tomaba en serio entonces.

Asistíamos a esas ceremonias religiosas y sabíamos que algo no andaba bien. Comenzamos dudando de la iglesia y luego de la religión. Solo fue cuestión de tiempo para que la enfermedad se expandiera a su centro primario. Cuando quisimos alzar la voz nos encontramos con un rebaño dispuesto a entregar su vida en aras de preservar el engaño. El truco de magia había dado resultado. Permitimos que siguiera infectando todo lo que existía. Sentía que por más que corriera iba a llegar al mismo lugar. Entonces corté la soga, me quité un gran peso de encima. Al principio me sentí desprotegido, veía la luz y esa luz me cegaba. Jamás había visto con mis propios ojos.

Yo quería ser escritor, y en ese camino encontré la forma de trascender, de crear. Lo que me quedó después de desatarme fue mi voluntad. Intacta como un hálito de vida.

Eso, a fin de cuentas, es lo único que necesito.

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Escribe

No llores, escribe. Escribe como un loco que corre calato por la calle. Como un enfermo terminal que ya le perdió el miedo a la muerte. Escribe cuando quieras gritar de rabia o de impotencia. Haz que las palabras se claven como lanzas en las paredes invisibles de esos recuerdos que te atormentan.

Escribe cuando no puedas dormir, cuando te hartes de tomar esas pastillas que te vuelven adicto al olvido; cuando la noche te deje gravitando en un silencio intragable.

 Escribe cuando te canses de prender velitas y de rezarle a los santos, cuando dejes de poner en manos ajenas cosas que solo dependen de ti. Pero también escribe por esas velitas que prendiste, por esas estampitas a las que les rezaste en secreto con tanto amor, con tanta fe, porque creer en algo te llena de esperanza y hasta te da fuerzas para avanzar en esta montaña rusa que es la vida.

Escribe por aquellos que no tienen voz, por aquellos que han caído y no saben cómo ponerse en pie. Escribe para que sepan que no están solos, que en ciertas ocasiones es necesario estar en el piso para ver las cosas con otra lupa, con otros ojos, y decidan de una vez por todas que ya es hora de dejar de lamentarse y volver a empezar.

 Escribe cuando el comienzo de una canción te provoque una falsa sonrisa y te quedes viendo a través de ti. Cuando te mires al espejo y te reconozcas en tus gestos y, por qué no, te gustes, y no tengas miedo de quedarte así un momento, contemplándote e inventando conversaciones con alguien a quien quieres mucho pero ya no está.

 Escribe cuando un sábado por la noche todos salgan a bailar y tú decidas quedarte en casa; cuando un domingo por la mañana todos duerman y tú seas el único despierto. Pero también escribe si decidiste ir a una fiesta y al día siguiente te acuerdes de que hacía tiempo no saltabas tanto con una canción; cuando descubras en las caras de tus amigos esa misma alegría de ayer y de ahora, y ojalá de siempre, por los siglos de los siglos.

Escribe cuando sueñes con alguien que no conoces y que quisieras conocer. Cuando esa cárcel que es tu habitación te aprisione en imágenes del pasado; cuando el alcohol ya no sea tu mejor salvavidas y te sigas ahogando a pesar de todo.

Escribe para respirar esas palabras que quedaron en la garganta, para correr y que nadie te alcance, y en la cima grites de rabia con el coraje que no tuviste tiempo atrás. Porque sabes que te faltó coraje. Te faltó coraje.

Escribe cuando ya no te duela lo que debiera dolerte, cuando ya no te alegre lo que debiera sacarte una sonrisa. Escribe desde las profundidades de tu océano, desde la más completa oscuridad de tu caverna. Escribe por esas lágrimas que no se ven pero que están ahí, como un pequeño secreto entre los dos.

Escribe, pégale a las teclas, no te me canses, no te me rindas, no desfallezcas, por favor, Diego, no desfallezcas. Ya pronto va a pasar. Ya pronto va a terminar. No te me apures, no te me enredes, no se te ocurra sentarte a mirar hacia atrás. Escribe con ese fuego que te arde, con esa llama que te quema cada noche y que no se extingue en el vacío de tus ojos.

No llores, escritor. Escribe.

Escribe y vive para siempre.

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Voces

Hay gente que te saluda y gente que no te saluda. Si haces un balance es lo mismo porque nadie espera una respuesta sincera cuando te preguntan qué tal estás. Puedes creerte una estrella de rock con tu caminada despreocupada y tu cabello despeinado, pero ten en cuenta que cuando llegues a casa solo te quedarán las greñas y los pies hinchados. Podrías estar solo pero jamás deberías estar mal acompañado. Las mujeres te pueden llegar a querer tanto como para decirte que lo mejor es olvidarte. Ellas saben de esas cosas, o al menos eso nos han hecho creer. Enamorarte no es tan importante como terminar los estudios. El dinero te da comer y el amor te da de qué hablar, y bueno, puedes dejar de hablar pero no puedes dejar de comer. Una amiga me dijo una vez “mejor que no te enamores porque te podrías suicidar”, y yo no le hice caso y me enamoré de la primera chica que se rió de mí. De vez en cuando la visito al cementerio y sigo tratando de entender lo que me quiso decir. Puedes conversar con los muertos porque siempre parecen estar dispuestos a escucharte. Puedes decirme que no me entiendes pero no puedes hacer como que no me oyes. Puedes estar lejos de mí pero no puedes estar lejos de todos los que conocemos. De Patty, por ejemplo.

Me gusta el fútbol pero casi nunca me gustan los árbitros. Me gustan los goles de fuera del área y los dribles de Messi, aunque a veces no terminen en gol. Una vez quise ser jugador de fútbol, y era bueno. Otra vez quise ser pintor, y era un desastre.  Ahora pinto más y juego menos, y eso es una pena. Siempre les digo a mis amigos qué tienen que leer y ellos me dicen cómo es que tengo que jugar. A ellos no les gusta y a mí tampoco, pero no sé por qué no lo podemos dejar de hacer. La primera vez que comí chupete de aguaje no me gustó. Ahora es el único chupete que como y yo creo que la cuestión fundamental es acostumbrarse al sabor de las cosas.

Estoy viendo un partido y hay un jugador de apellido Ardiles y un jugador de apellido Arzuaga, y ambos jugadores son malísimos. Recuerdo que había alguien que se llamaba como yo pero me parece que ese era un cantante. A mí se me dan bien las canciones románticas pero no las de rock y yo quisiera que fuera al revés. Las canciones se celebran como goles y los goles siempre son como canciones. Lástima que todos tus goles no puedan celebrarse como hits. No me digas que nunca has querido ser estrella de cine. No me engañes diciendo que jamás has querido ganar un premio. No me vengas con que no te jode que la gente se vaya de largo y no te salude. Algunas veces te tocará ser uno de esos jugadores y tienes que demostrar que los malos partidos te han enseñado a patear con los dos pies. Algunas veces serás el mejor actor pero puede que no ganes el Oscar. Muchas veces las palabras se esconderán de tu gran novela y tendrás que estar listo para salir a buscarlas.

La otra vez vi a Patty y estuvimos hablando un rato.

¿Cuándo vienes?

 Cuando pueda llegar a ser como Messi.

¿Por los goles?

No me gusta celebrar.

¿Por el dinero?

No lo necesito.

¿Entonces?

Porque él hace feliz a mucha gente.

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Arena D

soledadTe pedía ayuda. No gritaba pero te pedía ayuda. Te decía las cosas entre líneas porque me sentía un cobarde. Uno muy grande. Jamás me viste llorar porque no lloraba frente a nadie y me incomodaba que alguien llorara frente a mí. No sabía dar un abrazo pero esperaba que alguien me diera uno muy fuerte. Nunca decía nada. Me dejaba crecer el cabello porque no soportaba parecerme a él. Me lo dejaba muy largo. No me importaba que la gente pensara y dijera cosas malintencionadas. Mentira, sí me importaba. Me importaba mucho pero hacía como que no. No sabes cuántas veces me quedé en silencio. No puedes imaginar cuántos de esos silencios me quemaban después en la almohada. En momentos críticos fumaba yerba y sentía que no todo estaba perdido. Las cosas me volvían a asombrar: el cielo, las nubes, los árboles, había otra vida más allá de mis ojos y sentía que era parte de ella y algún día, sí, algún día, Diego, no necesitas saberlo ahora pero algún día… Y sonreías. Luego volvías a esa expresión que jamás significaba nada. No todo estaba perdido. Nunca decías una puta palabra.

Las pastillas se volvieron tu oración de medianoche. Buscabas algo más que el sueño pero se te escurría entre los dedos. El mundo seguía girando. El sol seguía saliendo contigo en medio. Los días se sucedían uno tras otro, se tropezaban y se te venían encima como un maldito e interminable dominó. Todos se parecían al anterior. Nada cambiaba. Recordabas a Pizarnik, a Fante, a todos aquellos que no se acostumbraron a aceptar vivir esta vida de cloaca y te sentías un miserable por compararte con ellos. Los carros y sus bocinas no hacían más que dejarte en claro que este era un mundo de mierda. Ibas al mismo bar pero jamás veías a la misma gente. La cerveza helada, el olor nauseabundo del cigarro, el beat de esa música melosa y punzante, todo parecía estar hecho para recordarte quién debiste ser. Y otra vez la yerba. Te sentías uno de esos personajes con chaqueta de cuero y bivirí blanco que van como si no importara nada. Te sentías Richard Ashcroft cantando Bittersweet Symphony.

Te pedía ayuda. Me cogía con los dientes a tu indiferencia y de ella trataba de hacerme un salvavidas. A veces saliendo del bar iba a la playa. Contaba los pasos que habían de allí hasta el mar y el resultado siempre era el mismo. Me mojaba los pies en la orilla. El agua helada me dolía pero nada me dolía más que tu maldita indiferencia. Luego dejaba de lado el miedo y me metía al fondo y allí nadaba. Pasado el efecto volvía a ser yo, más maltrecho y más mojado. No quedaba ni una pizca de Richard Aschcroft. Ni una huella del chico de chaqueta y bivirí. De regreso a casa pasaba por los rieles de un tren olvidado y allí me sentaba a descansar. A veces la gente cruzaba la pista para no toparse conmigo. Sentía sus ojos en mi nuca. Sentía mucho frío y todos me evitaban. Nadie se me acercaba.

No puedo decir que las cosas desde entonces me hayan ido siempre mal. Solo digo que cuando verdaderamente te pedía ayuda tú no estabas y cuando no estabas salía a buscarte. Pero nunca grité. Salía a buscarte y nunca grité tu nombre. Te llamaba con los ojos pero jamás grité tu nombre.

Quizás yo andaba muy despacio y tú ya estabas muy lejos.

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Good night

Te esperaba. Nadie sabía que lo hacía, pero yo te esperaba solo y en silencio. Había noches en las que era más fácil saber que no vendrías, pero había otras en las que me ganaban las corazonadas y me quedaba viendo a través de la ventana. Nunca llegabas. Veía cómo la noche daba paso al amanecer, oía el canto de las aves y me preguntaba si ya sería hora de volver a resignarme.

Con las primeras luces del día me iba a la cama. A veces resistía un poco más, pero el resultado era el mismo. Por la ventana solo veía carros que no frenaban en mi calle. Personas que no se detenían en mi puerta. Sentía el viento frío y el viento cálido de las estaciones. Nunca dudaba de mis corazonadas.

Jugaba a que si te bajabas de ese carro amarillo me tragaría mi orgullo y correría a darte un beso en los labios. O en ese rojo o en ese blanco. O que si cerraba los ojos y los volvía a abrir tú ya estarías aquí. Siempre ganaba y perdía al mismo tiempo. Me despertaba muy tarde, y cuando me preguntaban por qué estaba tan cansado me quedaba callado. Nadie sabía lo que hacía. Nadie sabía que te esperaba.

No estudiaba. No quería estudiar. Cuando salía trataba de volver pronto para seguirte esperando. De noche llegué a aprenderme todos los ruidos de la calle. A dibujar de memoria la silueta de todo el vecindario. Me sentía como en un cuadro de Hopper, desteñido y vacío. Cultivaba el arte de estar pendiente de ti, y me gustaba. Pero no estabas. Hasta llegué a pensar que podía llamarte con el pensamiento. Era absurdo, pero cerraba los ojos y repetía tu nombre una y otra vez. No podría decir que fuera cierto, pero tampoco que fuera una estupidez. Solo me contentaba con creer que era así. Jamás sentí que tuvieras que responder a mis llamados, aunque esperaba que alguna vez lo hicieras.

Tenía siempre los ojos hinchados, los labios secos y muchas veces me enfermaba. Pero nunca bajaba los brazos. Me daba ánimos para no caer en la incertidumbre. Para disipar las dudas y los miedos que me perseguían pero que nunca me alcanzaban. Era, de lejos, mi mejor momento. Ansiaba la noche tanto que dormía durante el día para luego no tener sueño. La mayor parte del tiempo funcionaba, y cuando no, siempre tenía el despertador a la mano…

Es de madrugada y estoy despierto. Ya no te espero. Pollarolo diría que el tiempo es una orilla que el mar abandona. Yo añadiría que el mar a veces se lleva algunas cosas que jamás te devuelve, y que es más peligroso estar en la orilla que dentro del agua. Que el tiempo se deja arrastrar por el mar y te queda solo la arena húmeda junto al perfume de algo que ya no está. Yo te esperaba, mi vida. Yo te esperaba solo y en silencio. Pero hoy que he vuelto a mirar por la ventana me he topado con la silueta de alguien que había pasado desapercibida. Tú seguías sin aparecer. Ella no se bajó de ningún carro ni se paró frente a mi puerta. Simplemente estaba ahí, esperando como yo.

Esperando sola y en silencio.

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Boys don´t cry

Tenía los labios húmedos para que las palabras resbalaran por mi boca. El cuerpo tieso, petrificado, porque tenía miedo. Quería alcanzarte el vaso y brindar contigo, y con un poco de suerte me pudieras preguntar mi nombre. Tenía entonces que imaginarte lejos, porque si estábamos tan cerca lo más probable es que no pensaras en mí. Creía que dios me estaba probando, que me había llevado a ese bar y había lanzado el anzuelo con el extraño morbo de ver hasta qué punto podía evitar caer en la trampa. De fondo sonaba Boys don´t cry y yo seguía el ritmo de la batería con mis pies. Buena música, quise decir, pero de mi boca solo salió mi aliento a alcohol. No sentía nada porque nada me parecía tan triste ni tan humano como para hacerme reír. O llorar. Boys don´t cry, solía cantar cuando llegaba a casa de madrugada. Necesitaba un poco de aire y salí como pude: siempre he creído que en las fiestas hay un instante en que te vuelves invisible. Me senté afuera, en el piso, parecía un mendigo, y una chica se me acercó y me sonrió. Tuve la impresión de que la conocía de algún lugar, pero siempre tengo esa impresión cuando alguien me sonríe sin querer.

Trataba de contar los carros que pasaban frente a mí, pero solo pude llegar hasta cinco antes de verte salir por la puerta. Cuando llegaba del trabajo lo primero que hacía era poner la canción a todo volumen, más de una vez me gané un pleito por eso con los vecinos. No importaba amanecerme porque nunca tenía sueño, y si por alguna razón me dormía soñaba que estaba despierto. Podía levantarme y acercarme a ti, pero la noche estaba tan  calmada que me sentí indigno de estropearla con mis desvaríos. Te veía y veía a la gente a mi alrededor, y esa gente me parecía el resto. No tenía nada que perder, porque ya lo había perdido todo, pero en un momento de lucidez me di cuenta de que uno puede seguir perdiendo hasta lo que no tiene. Jugaba con mis dedos como si así pudiera olvidarme de que estaba ahí, pegado al cemento.

 En esos tiempos el sueño venía cuando el día empezaba a aclarar y veía las noticias por la televisión, y siempre me quedaba dormido con la imagen de un muerto. Nunca he soñado con gente que se muere, porque el tiempo se ha encargado de llevárselos antes de que pudiera cerrar los ojos.

Hacía frío, o eso me pareció, al fin y al cabo las cosas no son lo que parecen. Pero sentí frío y maldije no haber llevado abrigo. Hablabas por el celular como si no pudieras oír nada más que la voz del otro lado. Como si el sonido de mi boca fuera el ladrido de un perro. Te llamaba por tu nombre, pero no gritaba. Sentía que podías oírme a pesar de todo. Luego colgaste, y el mundo volvió a girar contigo. Al entrar por la puerta pasaste por mi costado, y yo te seguí con la mirada porque mis ojos trataban de quedarse con tu imagen de chica distraída.

Me levanté del piso y volví a ver con mis ojos: las cosas no son lo que parecen, me dije. Entré por la puerta y me senté en la mesa. Escuché que me habían estado buscando, pero yo les dije que nunca me había perdido. Cogí mi vaso y lo llené de cerveza, y  brindé con mis amigos por cosas que importan solo en lugares como estos. No volví a mirarte porque hacía años que te habías ido, porque solo yo podía darme cuenta de que estabas ahí.

Luego de un rato me despedí de todos y salí a tomar el taxi. Traté de verte sentada a mi lado, como muchas veces, pero solo pude ver mi reflejo distorsionado en el vidrio de la ventana. Dormitaba, cuando el taxista me preguntó qué música me gustaba. Boys don´t cry, balbuceé. ¿Cómo?, preguntó.

Pero yo ya había cerrado los ojos.

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Creer y No

Creo en el fracaso y en lo que viene después. En las personas que hablan poco y en el silencio que las envuelve como un aura. Creo en los abrazos sin palabras, en los besos húmedos con los ojos cerrados. Creo que somos sabios cuando decimos que el amor es el principio de todo, y somos muy tontos cuando nos olvidamos de ello. Creo que nada vale menos que una promesa y nada vale más que los errores que se cometen por querer hacer las cosas bien. Sigue leyendo

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